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Mente y Fuego

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Mente y Fuego

Mensaje  Ahrien el Lun Jun 22, 2009 11:39 pm

El único sonido que interrumpía el silencio absoluto de la paz de los muertos era el de sus pisadas que, costosamente, avanzaban a través de aquel camino cubierto de la nieve caída en el último mes.
Su capa, negra como la más oscura de las noches, ondeaba al viento, dándole a aquella figura un aspecto imponente y aterrador, muy aterrador.
Pasaban unos minutos de la medianoche cuando el individuo vislumbró, por fin, las ruinas de Caider, el antiguo castillo del Duque, aunque de él ya quedaba más bien poco. Ahora ocupaba sus estancias el temido mentalista Abrecht, capaz de someter a un ejército entero con un simple sondeo. Probablemente ya sería consciente de su inesperada visita, no había forma de eludirlo, y estaría reuniendo a los guardias y a los magos para que guardaran la entrada y así evitaran que ella entrara. Ingenuos, pensó, mientras una media sonrisa y una siniestra expresión aparecían en su pulido rostro. Ninguno de ellos, ni siquiera todos juntos podrían alcanzarla. Antes de llegar a rozarla tan sólo estarían todos muertos.
Con un rápido sondeo mental se cercioró de que no había nadie en los alrededores a quien debiera evitar y, cansada de guardar las apariencias, decidió ahorrarse una molestia. Lentamente, se quitó los guantes negros que cubrían sus peligrosas manos y se agachó hasta tocar la pulcra y abundante nieve con la punta de los dedos, que ahora, increíblemente, parecían estar al rojo vivo.
La nieve, nada más entrar en contacto con la piel de la misteriosa dama se derritió y, acto seguido, se evaporó como si jamás hubiera estado ahí, dejando paso a una seca y cómoda senda que dirigiría sus pasos hacia la ya tan anhelada fortaleza.
A partir de ahí el camino fue mucho más rápido y llevadero, en apenas unos minutos llegó a su preciado destino, mas se quedó a una cierta distancia, disfrutando, llenándose con el miedo atroz que su sola presencia provocaba en aquellos hombres que habían sido obligados a frenar su avance.

* * *

Aldo, el capitán de la Guardia de Albrecht, vislumbró una figura embozada en una larga capa negra, que impedía reconocer sus rasgos faciales, acercarse a una velocidad prácticamente inhumana hacia ellos.
Tenía miedo, mucho miedo, y eso no era normal en él. Aldo era un hombre valiente y orgulloso, digno de su elevado puesto en la marcada jerarquía de la guardia.
No pudo dejar que sus pensamientos siguieran fluyendo como torrentes: la figura había frenado su vertiginoso avance. Aldo maldijo para sus adentros; parada resultaba mucho más imponente que en movimiento, aunque seguía sin alcanzar a ver su rostro. Un viento inexistente ondeaba su oscura capa, que se movía al son de la brisa, tornándola aún más aterradora, si era posible. Notaba la tensión que reinaba en aquel tenebroso ambiente, que bien se podría haber cortado con un cuchillo. Sentía el miedo del resto de los soldados como el suyo propio y deseaba fervientemente el momento en el que todo acabara, en el que la figura decidiera dar media vuelta y alejarse, para siempre.
Pero eso no iba a suceder tan fácilmente. La figura levantó la mano y, con total parsimonia, se quitó uno de los guantes que llevaba.
Aquella acción fue la chispa que provocó el incendio, y nunca mejor dicho.
Uno de los guardias más recientes tomó ese gesto como una amenaza y accionó su ballesta. A pesar de los rugidos desesperados de Aldo para hacer que no se movieran, el terror pudo los demás y siguieron el ejemplo del novato. Aldo, desquiciado, contempló como decenas de proyectiles se dirigían a gran velocidad hacia el desafortunado forastero.
Pero ni una de las lanzas, picas, saetas o flechas que fueron lanzadas logró alcanzar su objetivo, a pesar de la consabida puntería de aquellos hombres. Aquel individuo había levantado el brazo, la palma de la mano, ahora brillante, mirando hacia ellos. Para asombro de los allí presentes, cuando un proyectil llegaba a un punto cercano a la figura, estallaba en llamas, y sus cenizas caían como lluvia sucia y seca a la pulcra nieve.
Aldo estaba anonadado, ¿qué debía hacer? No sabía a quién se enfrentaban o, mejor dicho, a qué. Pero antes de que aquellos pensamientos tomaran forma en su mente las puertas de la fortaleza se abrieron con un chirriante sonido.
-Vaya, vaya, vaya. Mirad a quien tenemos aquí. ¿ De verdad pensabas que no iba a saber de tu llegada… Màerwen?
Y sucedió lo que todos esperaban; el encapuchado comenzó a quitarse la capucha, para desvelar el rostro de una joven dama, de facciones pálidas y afiladas. Su cabello, rojo como la sangre, caía en ondas como una cascada por su espalda. Y sus ojos… sus ojos eran también rojos, de un color ávido, denotaban inteligencia, madurez… poder.
- No oses jugar conmigo Albrecht, ya no soy aquella inocente muchacha con quien te cruzaste hace diez años.
Albrecht se rió entre dientes y, observando de nuevo a su visita, dijo:
-¿Ah, no?¿Y quién eres, pues?
- Soy Màerwn, hija de Ringëril. Señora de la Torre del Sur y miembro de la Élite Mágica. Me he entrenado mucho, Albrecht. Tus juegos mentales ya no me harán daño.
-Hicimos un trato, mentalista- prosiguió ella- yo cumplí mi parte, y ahora te toca a ti.
-¿Eso es todo? ¿Has cruzado medio continente para conseguir la bolsa de Nindë Isilrá? – Albrecht la contempló alzando una ceja- Aquí la tienes.
Con el chasquido de sus dedos, una pequeña bolsa de terciopelo púrpura apareció a sus pies. Con total parsimonia, se agachó a recogerlo, y cuando lo hubo cogido, comenzó a levantarse. Pero en el último momento lanzó la bolsita como si de una daga se tratase hacia la joven hechicera, acompañada de una letal onda mental que hubiese matado a cualquiera. Sin embargo, ella se limitó a levantar su pálida mano desenguantada y esperar serena a que el ataque llegara. Y cuando lo hizo, no pasó absolutamente nada. Fue como si el ataque nunca se hubiese realizado. Cogió la bolsa al vuelo y, tras comprobar que lo que había en el interior realmente era Nindë Isilrá, se dispuso a marchar. Pero se volvió de nuevo y, mirando fijamente a Albrecht, dijo:
- Un regalo de despedida, mentalista.
Y acto seguido se dio la vuelta para emprender de nuevo el camino de regreso a casa, haciendo a caso omiso al castillo del mentalista que había comenzado a arder sin motivo aparente.
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Re: Mente y Fuego

Mensaje  Sandri el Mar Jun 23, 2009 5:34 pm

Guau, qué chulo ^^ Me ha gustado mucho éste relato, aunque la verdad, Màerwen da un poco de miedo al principio Razz
Lo de Señora de la Torre me ha recordado a Dana, de las Crónicas de la Torre de Laura Gallego, y lo de que pueda invocar al fuego con facilidad a Salamandra xD
Te digo lo mismo que con el otro relato, de aquí podría salir una buena historia ^^

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